En la carrera de antropología aprendí que todas las culturas se transforman. Esta será una de las ideas más absolutas en una disciplina que se jacta del relativismo. Sin duda es una idea incuestionable, quiero decir que tarde o temprano todas las culturas pasarán por este tránsito, les guste o no.

La cuestión esencial es cómo digieres esa transformación. Hay una fuerte tendencia en nuestro medio de enlazar transformación con pérdida. Para mí este es el problema. Las ciencias sociales mexicanas desarrollaron el concepto de aculturación como sinónimo de pérdida más que de transformación. En el Perú se desarrollaron los términos de “resistencia” para darle un aire de valerosa dignidad a la inevitable pérdida. También se acuñó el término “continuidad”, el que me parece algo más prudente, aunque ilusorio si agregamos a la mezcla la variable tiempo.

La transformación quiere decir ni más ni menos eso, transformarse. El peso de la pérdida o de la ganancia en el concepto es exactamente el mismo. No hay llanto ni algarabía. Si votas por la pérdida, tienes que revisar tus apegos narcisistas, y si vas por la ganancia, tienes que revisar tu egoísmo acumulativo.

El cambio es la palabra más sencilla para expresar la transformación. “Todo cambia” es una frase muy común que nadie se atreve a cuestionar, pero que muy pocos se atreven a digerir sin miedo y apegos.

Creo además que la gente del bosque y del río ha comprendido, a fuerza de experiencia, que todo cambia, que todo se transforma, que todo tiene su propia dinámica. Y talvez su idea más sustancial sea que el cambio, siendo irremediable, termina en el mismo punto que empezó. Es decir, todo vuelve, retorna, regresa y se repite.

La única salida ante tal absolutismo naturalista es, presta atención, adaptarse a las nuevas circunstancias sin el mayor apremio. Sin embargo, para adaptarte tienes que ser flexible, relativo y conspicuo. Tienes que ser ágil, paciente y relajado.

Por eso digo que, cuando la transformación cultural se pinta como sinónimo de pérdida, entonces se acuñan términos como identidad, lengua, resistencia y continuidad. Aquí es cuando negamos la transformación y la vilipendiamos como si fuera la barca de Caronte. Al respecto el discurso antropológico y culturalista es refinado, mientras que el discurso indigenista es sentido y a veces desgarrador. Pero no hay nada como el discurso popular para expresar la idea: el que cambia, es decir, el que adopta nuevos patrones culturales, es un “huachafo”. No aplaudes al huachafo ¿o si?

Yo pienso que toda cultura, que contiene en su interior gente con personalidad, ve en la transformación un propósito de permanencia. ¿Permanencia de qué? Espero que no sea solo de su ropa, su lengua y sus costumbres. Tampoco espero que sea su río y su bosque. Yo creo que será la permanencia de sus valores esenciales. Hablo de la alegría, el compartir, la hospitalidad, la practicidad y la conversalidad (concepto nuevo que quiere decir la capacidad de iniciar conversación o de enterarse rápidamente de las noticias que trae el extraño). Pero eso es lo que yo creo, que es distinto a lo que realmente pasará.

¿Qué permanecerá de las culturas que viven en el bosque y en el río? Permanecerá lo que ellas elijan en las circunstancias del transcurrir. Así de simple, así de práctico. Date cuenta que estamos frente a una capacidad de adaptación nivel Dios.

No encuentro una lógica más sencilla y práctica como esta. Además, es 100% funcional porque está fundada en la experiencia, quiero decir en la supervivencia. Solo así entiendo a la gente del bosque y del río transcurriendo en los bosques de cemento. Sólo así escucho que se manifiestan en la forma que encuentran. Sólo así noto que aprovechan cada oportunidad que se presenta. Solo así veo que sonríen a una realidad que parece difícil. Solo así comprendo que su transcurrir es un ejemplo y no una lamentable pérdida.

Foto: Olinda Silvano explicando un diseño de su autoría, del cortometraje “Diseños de identidad, universos de Kené”, de Rodolfo Arrascue (2019)