Antes corría tras el tiempo, ahora éste ya no me alcanza.

Antes, cuando joven, corría tras el tiempo, me apuraba, trataba de cumplir la hora, de tener los encargos a tiempo. Trataba de ser puntual y no demorar. No quería perder el tiempo.

Tenía un reloj en la muñeca, en la pared de la cocina, en el comedor, en el cuarto. No sé porqué no puse un reloj en el baño. Hasta mi cerebro tenía un molesto tic tac que me avisaba que ya era tiempo. No quería perder el tiempo o, mejor dicho, no quería perderme del tiempo.

Ahora, en mi vejez, me sobra el tiempo. Incluso siento que voy más a prisa que él. El tiempo ya no me alcanza, aunque cada paso que doy sea un siglo. Con el solo hecho de respirar, que parece una eternidad, ya hice la faena del día. No siento el tiempo y no siento que el tiempo se ocupe de mí.

Aunque mis pensamientos se han encorvado, mi cuello todavía se dirige al cielo. No echo de menos mis recuerdos. Tampoco le doy tiempo a mis resentimientos. Mi vista contempla el horizonte en una pausa eterna. Solo en mis ratos libres, cuando me conversan, porque para eso sí tengo tiempo, mi cuerpo y mi verbo sirven de ejemplo.

Donaldo Humberto Pinedo Macedo

08 de julio de 2020