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Tiene todos los requisitos para ser una paradoja: el 23 de abril se conmemoró el día del idioma castellano y hace más de un mes el Instituto Nacional de Cultura declaró a la “La Eshuva o cantos rezados Harákmbut de la etnia Huachipaire” como Patrimonio Cultural de la Nación. ¿Dónde está la paradoja? Aquí la tienen: el castellano, con más de 400 millones de hablantes nativos, es uno de los idiomas más vigorosos e institucionalizados del mundo. Las únicas amenazas que se ciernen sobre el castellano, según algunos expertos pegados a la tradición lingüística, son las jergas utilizadas en los chats… En cambio, los Wachiperi, según el Censo del 2007, constituyen 392 habitantes (de ellos, estoy seguro que menos de la mitad habla con fluidez su idioma materno), cifra que los pone en una situación crítica, porque de acá dos generaciones el idioma Wachiperi estará prácticamente extinto. A esto se suma la situación de vulnerabilidad por la que atraviesa este pueblo: prácticamente están cercados por la colonización; sus territorios comunales están amenazados por invasiones; su educación intercultural bilingüe es deficiente; cada vez más Wachiperi migran hacia los centros poblados y las ciudades y están involucrados hasta el tuétano en la extracción de madera. Todo ello reduce sus posibilidades de construir un proyecto cultural en base a sus tradiciones. En otras palabras, si las cosas siguen como están y de no haber medidas integrales y urgentes, de acá 30 años nadie cantará eshuva, pero estará declarada como Patrimonio Cultural de la Nación por siempre.

Hablando de idioma, hay otra paradoja que intuyo nace de la desinformación. En mayo de 2006, la Federación Nativa del Río Madre de Dios y Afluentes (FENAMAD) validó el alfabeto Harakmbut. Según las reglas de este alfabeto, no se debe escribir “Huachipaire”, como lo consigna el INC en su declaratoria y el INEI en el censo del 2007, sino debería ser Wachipaire. Pero aún así el nombre es incorrecto, porque este pueblo considera que la forma correcta y oficial para referirse a ellos debería ser Wachiperi. Entonces, ¿Cómo pretende el INC preservar la tradición oral de los Wachiperi (la eshuva por ejemplo) a través de la escritura alfabética si no toma en cuenta la institucionalidad de los pueblos indígenas y sus reivindicaciones?

¿Y qué es la eshuva? La declaratoria presenta una descripción interesante de esta práctica, pero me gustaría aportar algo más. Hace una semana estuve en la comunidad nativa de Santa Rosa de Huacaria, uno de los últimos reductos del pueblo Wachiperi en el distrito de Kosñipata, provincia de Paucartambo, región Cusco; allí el señor Alberto Manqueriapa me comentó que los cantos que él llama mágicos son una parte del sistema religioso de los Wachiperi. Estos cantos rezados tienen la finalidad de sanar a la gente enferma o de enfermar a la gente sana. Tienen doble propósito, curar y hacer daño. Cada sacerdote o sacerdotisa (Alberto prefiere llamarse intermediario) tiene sus propios cantos, es decir, son de su propiedad pero ojo, no de su autoría. Las letras y las tonadas son autoría de los espíritus tutelares del monte o del río con quienes el intermediario mantiene un vínculo profundo, íntimo, recíproco, pero finito. El espíritu tutelar (que puede ser el de una huangana, un jaguar, un árbol de toe, una palmera, etc) le dicta o confiesa el canto rezado al intermediario para que éste sepa cómo invocarlo y así sanar la enfermedad o hacer daño. El modo de conectarse con estos espíritus o energías vitales es a través de estados modificados de conciencia producidos antiguamente por el consumo de la “jayapa” (floripondio) y en la actualidad por la ayahuasca. Para ingerir estas sustancias enteógenas es imprescindible seguir un camino constante de crecimiento espiritual, el que se logra a través de dietas y restricciones. Debido a ello, el rol del intermediario sobrepasa los límites religiosos, abarcando los aspectos sociales, políticos y económicos de la comunidad a la que pertenece. Esta persona es parte importante del engranaje cotidiano. Él alimenta las relaciones sociales, opina y dirige, controla y niega. Su poder se basa en el control de la sabiduría que las energías vitales le otorgan.

Lamentablemente, en algunas sociedades indígenas, como la wachiperi, el poder del intermediario espiritual se está debilitando o simplemente ha dejado de existir. Los viejos se han muerto con su sabiduría. Son unos pocos los poseedores de este conocimiento, y como la propia declaratoria en cuestión lo menciona, “actualmente el proceso de transmisión se ha interrumpido, debido al desinterés de los jóvenes en el aprendizaje y a la influencia y asimilación de elementos culturales ajenos”. La eshuva, entonces, es una práctica desconocida por la mayoría de los Wachiperi, sobre todo por los jóvenes y niños. La eshuva es patrimonio de los poquísimos ancianos y adultos que aún la practican. La eshuva es una realidad que perteneció a los “antiguos”. La eshuva es algo tan vago en la memoria de los jóvenes y niños Wachiperi que no la conocen. Hace mucho tiempo que la eshuva y sus poseedores han perdido fuerza como articuladores de la sociedad Wachiperi. Parece que el INC ha declarado Patrimonio Cultural de la Nación un aspecto de la cultura Wachiperi que está a punto de convertirse en un recuerdo y en una nostalgia. Los Wachiperi necesitan más que recuerdos para seguir existiendo.

Pero hay que darle crédito al INC cuando en su declaratoria menciona lo siguiente: “se tiene registro de treinta cantos interpretados por integrantes del grupo Huachipaire, habitantes de las comunidades de Santa Rosa de Huacaria y Queros. Se conoce la existencia de muchos más cantos no registrados que están en peligro de desaparición. Estos cantos pueden ser objeto de recuperación a través de investigaciones exhaustivas y de acciones de afirmación cultural”. Pero también hay que dudar de sus promesas, eso me consta y les consta a todos los Wachiperi, porque hace CUATRO AÑOS las comunidades nativas de Queros y Huacaria firmaron un convenio marco de cooperación para el etnodesarrollo con la Dirección Regional de Cultura de Cusco. Hasta el momento dicho convenio no ha dado ningún fruto tangible. No creo que con esta declaratoria las cosas cambien. Se necesitan más que intenciones declaratorias para la supervivencia del pueblo Wachiperi.

Hace más de dos años que el INC declaró a la cultura Q’ero como Patrimonio Cultural de la Nación. Fue un hecho absolutamente meritorio, porque a la par se llevaron a cabo procesos de fortalecimiento de la educación intercultural bilingüe. Pero como se darán cuenta, el INC declaró Patrimonio a TODA la cultura Q’ero y no a uno de sus aspectos constitutivos, es decir, no se declaró patrimonio al “pago a la Pachamama” o la “lectura de la hoja de coca”; nada en particular se declaró, solo la totalidad. Y esto mis queridos lectores es, reitero, absolutamente meritorio porque se está preservando el territorio y los derechos culturales de la Nación Q’ero. Pero la cultura Q’ero es un pueblo fuerte, demográficamente importante y articulado aun las amenazas. Los Q’ero sobrevivirán a las siguientes generaciones sin problemas, seguirán con sus prácticas, continuarán comunicándose en quechua en su núcleo familiar, en la ciudad del Cusco, en Lima o en el lugar donde vayan, y claro, seguirán haciendo pagos a la Pachamama allí donde estén. En cambio los Wachiperi no…

Sin duda, la eshuva fue un acto importantísimo y articulador del pueblo Wachiperi, pero es una pequeña parte de todo su universo, el que comprende, además, a la naturaleza viviente. Vamos más allá, la eshuva, en realidad, es una parte constitutiva de todo el pueblo Harakmbut. Si queremos empezar a ayudarlos realmente, debemos declarar a los Harakmbut Patrimonio Cultural de la Nación, y en el marco de ello, declaremos a los grupos Wachiperi, Arasaeri, Kisamberi, Sapiteri, Toyoeri y Pukirieri, en riesgo de extinción cultural. Lo mismo deberíamos hacer con los pueblos Nanty, Yora (nahua) y Kakinte del distrito de Echarati, en La Convención.

Otra de las cosas más urgentes que deberíamos hacer por el pueblo Wachiperi es apoyarlos en sus iniciativas culturales y económicas. Hay que dinamizarlas para evitar las migraciones perjudiciales y la fragmentación sociocultural. Por ejemplo, hay que fortalecer la educación intercultural bilingüe en las tres comunidades donde hay población Wachiperi (Queros, Santa Rosa de Huacaria y Shintuya), hay que dotarles de materiales y currículas educativas acordes a su realidad, hay que apoyar las labores de conservación en la Reserva Ecológica Haramba Queros Wachiperi de la comunidad nativa de Queros, hay que darle fuerza al turismo vivencial que con sus propias manos llevan a cabo Huacaria y Queros, hay que dotarles de electricidad, agua potable y buenas carreteras, hay que incluirlos en las decisiones político-administrativas del distrito de Kosñipata, hay que fomentar prácticas interculturales entre la población mestiza, quechua altoandina e indígena amazónica. Pero sobre todo, desde mi punto de vista, hay que instaurar el reencuentro de los Wachiperi con sus espíritus tutelares para que puedan comprender sin complejos ni resentimientos su posición en este plano existencial.

La última: el INC declaró Patrimonio Cultural de la Nación a la “Eshuva o cantos rezados Harakmbut de la etnia Huachipaeri” mediante Resolución Directoral N° 499 del día 11 de marzo de 2010. Días después los amigos Wachiperi y yo nos enteremos del suceso. Nadie lo veía venir. Ningún Wachiperi ha sido preguntado previamente si estaba de acuerdo o no, o si la redacción de la declaratoria reflejaba su pensamiento. Nada. Pero lo más duro es que esta declaratoria ha pasado por inadvertida para la mayoría de los Wachiperi… ¡A la mayoría de ellos ni les importa! Esto es más grave todavía. El INC ha declarado dentro de sus propios fueros y a espaldas del pueblo Wachiperi. Estas paradojas sí que matan.

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