En las próximas líneas relato la forma cómo la gente del bosque y del río ha condicionado las reglas del fútbol, un deporte occidental. Mi propuesta principal es que, a través del fútbol, la gente manifiesta su personalidad colectiva. Este ensayo fue escrito en base a mi experiencia de campo en asentamientos humanos que tienen una relación esporádica con la modernidad, hablo de grupos matsigenka y yora-nahua considerados en “contacto inicial” de los departamentos de Cusco y Ucayali, Perú.

1.    Ficha técnica

Mi experiencia como futbolista proviene desde la niñez. En casa tenemos un patio que ha sido el testigo de mis primeras lanzadas y tapadas. Me hice arquero. En el barrio destaqué en ese puesto y uno de mis entrañables amigos me jaló a su equipo de la universidad, el “Ingeniería Civil”, que jugaba en la liga distrital del Cusco. Fui arquero suplente dos o tres años en ese equipo, aunque jugué apenas un partido en el segundo tiempo, cuando ganábamos 4 goles a 0. El entrenador solo me hizo jugar al ver la victoria asegurada. Vaya confianza que me tenía el “profe”.

Aquí terminó mi paso por el fútbol de primera y regresé al barrio. Luego el trabajo me permitió conocer algunas comunidades nativas del Cusco, Madre de Dios y Ucayali, en donde siempre terminaba jugando al fútbol. En estas comunidades, todos los visitantes, sepan jugar o no, son invitados a pasar la tarde deportiva. Es una costumbre tan arraigada que casi tiene ribetes de ritual.

A partir del año 2014, el trabajo me permitió disfrutar del fútbol que profesan algunos asentamientos humanos que tienen escasa relación con las comunidades nativas de los ríos principales. El único vínculo sólido y casi permanente de estos asentamientos con la modernidad es a través de los profesores de escuela y el personal de salud. Estoy hablando de asentamientos ubicados en las cuencas altas de los ríos Camisea y Mishagua, ambos afluentes del Urubamba (departamentos de Cusco y Ucayali).

Se trata de poblaciones de las etnias matsigenka y yora-nahua, de las familias lingüísticas Arawak y Pano respectivamente. Aquí es donde realmente he disfrutado del fútbol. Es impresionante la cantidad de variantes que este deporte puede ofrecer cuando las costumbres locales se apropian de él. Por estos lares, el fútbol, con todas sus reglas y procedimientos, cede ante la forma de pensar y actuar de la gente del bosque y del río.

Prefiero decir “gente del bosque y del río”. La denominación antropológica correcta sería “pueblos indígenas tribales”. También se usa un término algo más protocolar: “pueblos indígenas en contacto inicial”. No me inclino por ninguno. Como dije, prefiero “la gente del bosque y del río” por el simple hecho de que la totalidad de su existencia se debe a su interrelación con el bosque y el río amazónico.

2.    El fútbol profesional y el fútbol de la gente del bosque y del río

El fútbol oficial tiene reglas inconfundibles que todos conocemos cuando vemos un partido por la TV o cuando vamos al estadio. Es tal nuestro conocimiento del fútbol, que incluso discutimos las decisiones de los árbitros FIFA, cuestionamos las decisiones del DT y les decimos a los jugadores qué jugadas deben hacer.

Entre la gente del bosque y del río, noto un conocimiento básico de las reglas del fútbol profesional. Y aunque pudieran saber la profundidad del reglamento, lo cual ya es difícil, no creo que les importe mucho, ya que acomodan las reglas a su manera y de acuerdo a sus intereses.

De esta forma, el fútbol y sus reglas de juego generales prevalecen, pero los detalles, algunos procedimientos y la motivación misma del juego, se acomodan a sus expectativas y valores locales.

Considero que es una constante entre la gente del bosque y del río acomodar las influencias externas a su forma de pensamiento interno. La fuerza de la modernidad puede ser abrumadora, pero la respuesta de la gente del bosque y del río siempre es dinámica, proactiva, práctica y adaptable.

En las comunidades nativas más cercanas a la ciudad o con mayor presencia de inmigrantes, llaman al fútbol como tal: “vamos a jugar fútbol”. Otras llaman al evento de la siguiente manera: “vamos a jugar un partidito” o “vamos jugar una pichanguita”. Los asentamientos más alejados de la influencia citadina dicen: “vamos al campeonato” o “vamos a deportear”. Aquí me parece algo muy interesante que el sustantivo “deporte” se haya convertido en verbo. No dicen “a jugar fútbol” o “a jugar pelota”, simplemente dicen “vamos a deportear”.

Como dije, las reglas generales del fútbol se respetan: dos equipos se enfrentan con un balón. Gana el que mete más goles en el arco contrario en un tiempo determinado. Una persona arbitra el juego. Se cobran las faltas. Ante un empate, la contienda se define por penales. A partir de allí todo varía, desde la organización previa al partido hasta lo que sucede después de la contienda.

3.    La previa

Cualquier oportunidad es propicia para jugar un partido de fútbol: un cumpleaños o un relajo por la tarde luego de cultivar la chacra, ir de caza o de pesca. Los días domingo el partido es obligatorio. En los aniversarios también. Cuando llegan visitas más todavía, porque se puede jugar con otra gente que la usual y hacer que la apuesta sea atractiva. A diferencia de los asentamientos matsigenka, los yora-nahua juegan todos los días, sin falta.

No hay una hora específica, aunque por lo general es en la tarde, a eso de las 4:00 pm.

Un partido de fútbol se puede organizar en cualquier momento según las circunstancias. Sí, es obligatorio jugar los domingos y feriados por la tarde, pero eso no impide que haya partidos durante la semana. Por ejemplo, cuando el asentamiento es pequeño y llegan visitas de cualquier índole, entonces se organiza una contienda.

Desde luego, la visita siempre está en desventaja. No todos sus miembros saben jugar fútbol, ya que el motivo de su visita no era jugar, pero deben hacerlo por la presión de los locales. Si la visita no tiene suficientes jugadores, se refuerzan con otros de la localidad, quienes generalmente no tienen mayor rendimiento en el juego. La visita sigue en desventaja cuando prácticamente se le impone la apuesta, que desde luego es alta y por lo general termina en manos de los locales.

He notado que los locales tienen la firme intención de ganar a las visitas, incluso bajo cualquier circunstancia que pueda ofrecer el juego. El equipo local se fortalece como grupo y su intención es demostrar su superioridad ante la visita que, por lo general, viene con aires citadinos y profesionales. La otra razón es que las visitas siempre vienen con discursos y promesas, sin dejar nada concreto e inmediato en la comunidad. La apuesta en el fútbol es un premio concreto que se disfruta terminado el partido, por ello la necesidad de medir las fuerzas y aprovechar la condición de local.

4.    Los campeonatos relámpago

Hay una deliberada tendencia de organizar campeonatos de fútbol en los asentamientos de la gente del bosque y del río. La excusa central es el aniversario comunal, de la escuela o la inauguración del proyecto tal o cual, no importa, cualquier excusa es válida.

El asentamiento que organiza la contienda avisa a las poblaciones vecinas la realización de dicho campeonato “relámpago” y anuncia los premios. Especifica la fecha y el lugar. Todos los invitados asisten, como si fuera una reunión interclánica de suma importancia.

La idea es convocar a las familias de otros asentamientos para pasar un momento de confraternidad y comunión. Para ello, el asentamiento anfitrión prepara masato y comida. Estos preparativos implican tiempo y organización, ya que se requiere cosechar yuca, prepararla y esperar que esté en el punto de maceración para el día del campeonato. Así también, para la comida se organizan comisiones para ir a cazar y pescar.

Los asentamientos responden al llamado con sus respectivos equipos. Traen además masato y pescado para animar la estadía. La idea principal de estos campeonatos no es la obtención del premio, que dicho sea de paso es el mismo de siempre, gallina y masato, sino pasar un tiempo de ocio y diversión en compañía de otras familias. La idea es motivar la interacción entre los parientes y paisanos, fortalecer los lazos, las solidaridades, las alianzas, el reconocimiento de las familias como emparentadas. Aquí los muchachos y las muchachas casamenteras se conocen, se coquetean, interactúan.

En la actualidad, considero que el fútbol o el acto de “deportear” es la gran motivación para que las familias y los asentamientos interactúen entre sí. En el fútbol se reproduce, en su sentido profundo, la vitalidad de las reuniones colectivas interclánicas del pasado mítico, en donde predominaba la competitividad y la demostración del honor tribal.

5.    Las apuestas

Decía que el equipo visitante siempre entra en desventaja a la cancha, como toda visita. Para empezar, se plantea el tipo y la cantidad de la apuesta. El equipo local siempre está confiado y apuesta a lo grande: una gallina o 30 soles por equipo. El precio de la apuesta puede subir a 60 soles o 4 gallinas. A los visitantes no les queda otra que aceptar.

Todos los partidos en los que he jugado tienen una apuesta de por medio. No existe el “juego por el juego” o lo que llamamos “el amor al juego”. El equipo local reta al equipo visitante por el premio final. La apuesta consta de gallinas, masato y en última instancia dinero.

En un asentamiento matsigenka, para demostrar la seriedad y el compromiso del juego, la gente local estableció como apuesta una gallina. Encargaron a una persona que la traiga y estuvo bajo su custodia hasta que terminó el partido. También había un balde de masato, el premio para el segundo lugar.

En otro asentamiento matsigenka, el equipo local retó al visitante con una apuesta de cuatro gallinas. Estaban muy confiados. Se aceptó la apuesta y al ver que perdían por un marcador abultado, rebajaron la apuesta a tres gallinas, luego a dos y finalmente a una. El capitán del equipo local, quien propuso la apuesta, terminó por asumir el pago. Recuerdo que recibimos una gallina tan pequeña y flaca que decidimos dejarla para que engorde un poco más hasta la próxima contienda.

Siempre he pensado que obtener el premio es la motivación principal del juego, ya que demuestras tu superioridad colectiva, técnica y estratégica, además de tener el reconocimiento respectivo. En las canchas matsigenka que he jugado, esta motivación no es la primordial. A veces llego a la conclusión de que el motivo es deslindar quién es más fuerte y capaz, si el local o la visita. Pero luego de tantas emociones y circunstancias, me inclino a pensar que la competencia es por el honor. Está en juego el honor. Más adelante explicaré esto.

En un asentamiento yora-nahua, la apuesta principal es un costalillo cerrado en donde se ha puesto bolsas de detergente, jabones y a veces víveres, como azúcar, arroz, fideos o paquetes de galletas. Cada uno de los jugadores trae consigo su apuesta y las ponen al interior del costal. Luego se arman los equipos y empieza el campeonato que nosotros conocemos como “relámpago”, es decir, el campeón se define ese día. De acuerdo a la cantidad de gente, se arman de cuatro a seis equipos de cinco personas. El número de personas varía de acuerdo al tamaño de la cancha en la que juegan. La contienda empieza con los dos primeros equipos que se formaron. El que pierde sale y entra otro, y así.

En teoría, todos los jugadores del equipo que quiere volver a jugar, deben poner una nueva apuesta, pero algunos locales omiten la regla, especialmente cuando hay equipos visitantes. Así, los jugadores visitantes ponen una apuesta en el costalillo cada vez que quieren volver a jugar o que los llaman a jugar. Es el precio de ser visitante. Así la bolsa de los premios crece a costa de la visita.

El equipo que gana el primer partido se queda en la cancha y juega con los demás equipos. Equipo que pierde sale. El ganador del engrosado costalillo es el equipo que gana el último partido de la jornada, sin importar si perdió o ganó los partidos anteriores. Pero ¿Cómo saber cuál es el último partido que define al ganador? Es simple. Ya que no hay luz eléctrica en estos asentamientos como para iluminar las canchas de fútbol, pues se juega hasta que ya no se pueda ver la pelota por la oscuridad. El último partido llega con la última luz del día.

Para tener mayores posibilidades de victoria, los mejores jugadores forman sus equipos. A veces los equipos se forman según barrios o familias, pero no es una regla. La idea es ganar el costalillo y para ello es mejor tener jugadores hábiles y resistentes en vez de una argolla disfuncional.

Eso sí, todo el que juega trae su apuesta. Eso no se negocia. Otra regla: en este asentamiento, a diferencia de los matsigenka, las mujeres juegan su propio partido y en días y horas definidos. No hay fútbol mixto. Desde luego, las mujeres siguen la misma temática de las apuestas y las reglas del juego que los varones.

A diferencia de las canchas matsigenka, en la cancha yora-nahua es claro que la motivación principal es el premio, es decir, el engordado costalillo. Sí, también se mide la fuerza con el rival y se trata de demostrar superioridad, pero a ellos realmente los motiva el premio. Los yora-nahua tienen predilección por los objetos, especialmente por aquellos que les parecen útiles o necesarios. Por ejemplo, es costumbre entre ellos organizar rápidamente incursiones personales o colectivas para obtener objetos valiosos y necesarios, a cualquier precio. Creo que las dos únicas circunstancias en que los yora-nahua consiguen objetos de forma legítima es cuando trabajan o juegan al fútbol.

6.    El arbitraje

El arbitraje es asunto aparte. En el mejor de los casos arbitra una persona que no juega, pero siempre es una del asentamiento, así que no te queda otra que jugar bajo sus reglas.

En una ocasión, en un asentamiento matsigenka, me tocó un partido en donde el árbitro era el capitán del equipo contrario, o sea juez y parte. Claro, todas sus decisiones eran a favor de su equipo, el que terminó ganando, porque literalmente “el árbitro jugaba para ellos”. Ante la inminente desventaja en el marcador de su equipo, me acuerdo que el árbitro cobraba penales inexistentes o dudosos en contra nuestra para equiparar el marcador. El novedoso VAR no hubiera servido de nada, porque el pitazo del árbitro es incuestionable. Me acuerdo que al final de ese partido los ánimos estaban caldeados, pero el malestar se diluyó rápidamente por el gesto de los capitanes a la hora de entregar los premios. Esto lo relataré más adelante.

En los asentamientos yora-nahua el arbitraje es más justo, por así decirlo. Siempre arbitra una persona que no juega. Puede ser de otro equipo o alguien que está allí mirando, pero siempre es una persona que sabe las reglas locales.

7.    Las reglas y las estrategias del juego

Las reglas del juego son irreconocibles para quienes hemos jugado fútbol profesional o visto el fútbol de liga en la TV. Aquí los fauls o faltas son relativos. Se cometen los empujones y los cabes sin pelota, o los encontronazos de canillas. Nadie se queja, solo los jugadores del equipo visitante que no están acostumbrados a estos trotes. Los paisanos juegan sin quejarse en lo más mínimo. Sorprende su resistencia al dolor.

En algunos asentamientos el tiro de córner no se cobra cuando es provocado por el portero o portera. Los tiros libres no se distinguen entre directos e indirectos, ya que todas las pelotas se dirigen al arco ante una barrera humana que prácticamente está a unos pasos de la pelota. No hay posición adelantada ni juez de línea. El arquero no tiene un lugar marcado para su intervención. Dado el caso, éste no sale de su arco para nada, excepto para cortar una que otra jugada y lanzarse intempestivamente a la pelota de frente, nunca de costado.

En los asentamientos matsigenka el fútbol es mixto, es decir, juegan tanto mujeres como varones. Generalmente el puesto de guardameta es ocupado por una mujer, sea adulta o niña. Su capacidad de tapar las pelotas fuertes o “taponazos” es impresionante. No se amilana. Así también, se lanza a los pies de los delanteros y envuelve la pelota con sus manos sin temor a las patadas. Su estilo siempre es frontal, es decir, atrapa la pelota o se lanza a ella cuando viene de frente. No se tira a los costados ni realiza “voladas” horizontales. La portería es infalible cuando el ataque se realiza por el frente y con taponazos, pero completamente inofensiva cuando se llega con toque y con tiros suaves a las esquinas.

En cuanto la portera tiene la pelota en las manos, inmediatamente la patea sin ver hacia el campo contrario. Su patada siempre es frontal, en una misma dirección en todo el partido. Incluso un jugador del equipo contrario puede esperar la pelota en el mismo sitio que cayó la última vez y allí la recibe.

Ya que no existe el área del arquero, el cobro de los penales es relativo. El árbitro puede pitar un penal si este se ha cometido cerca del arco. Si el faul fue un poco lejos, entonces dice “tiro libre”. Al final depende del criterio del árbitro. Nadie discute. Claro que el árbitro cobrará penales a discreción si el equipo en el que juega va perdiendo, como nos sucedió alguna vez.

Los puestos de los jugadores son fijos en la mayoría de los casos. El arquero y los defensas se quedan permanentemente en su puesto, casi quietos, es decir, solo se dedican a rechazar la pelota cuando llega a sus pies. El medio campo juega como líbero, defendiendo o avanzando al ataque, aunque su juego es más de ofensiva. La delantera también queda fija en las esquinas y pocas veces baja al medio campo o a la defensa. Sin importar el resultado o el modo de juego del equipo contrario, todo el equipo queda estático en sus puestos sin cambiar de estrategia.

El juego por lo general es silencioso, quiero decir sin reclamos ni vocifero que es propio de los partiditos de barrio o entre amigos. Las decisiones del árbitro son incuestionables. Si hay una falta nadie dice nada. Si no se cobra la falta bien, igual nadie dice nada. Todos siguen el juego de la pelota y punto. Con esta dinámica es de suponer que no hay llamadas de atención, amonestaciones, tarjetas amarillas ni rojas. No hay expulsiones. Aún así los partidos “se calientan” por el juego fuerte o cuando uno de los equipos siente impotencia para voltear el marcador. Nadie se insulta o se queja. Eso sí, alguno de los locales que sabe de fútbol porque aprendió en otro lugar, llama la atención a sus paisanos que recién se acostumbran a la pelota. Grita en su idioma hablando rápidamente y le dice qué hacer. Igual el afectado ni se inmuta y juega como puede.

En contraste, el juego también puede ser todo un mate de risa, porque algunos jugadores que recién se adecúan al fútbol cometen bloopers graciosísimos. La pelota se filtra de manera inexplicable entre las piernas y hacen movimientos exagerados de pies y manos. Es muy divertido, porque todos ríen. El fútbol no tiene porqué ser serio ni tampoco tiene porqué generar división o rencillas. Tampoco es un desfogue social en donde tienes la oportunidad de “arreglar cuentas” con un adversario. El fútbol de la gente del bosque y del río es, ante todo, un juego de esparcimiento, comunitarismo y honorabilidad. Cuando la gente ha jugado en las comunidades nativas grandes o en las ciudades, entonces regresa a los asentamientos con un fútbol que consta de reclamos y reproches a sus compañeros.

La estrategia general de los jugadores, exceptuando a los arqueros y defensas, quienes solo despejan, es tratar de llevar la pelota hasta el arco contrario a fuerza de empeño y habilidad. Muy pocos pasan la pelota o la rotan entre sus compañeros de juego. La idea central es llegar al arco contrario y meter la pelota en un esfuerzo más personal que colectivo.

Son pocas las personas que destacan por su juego occidental, es decir, tienen la técnica y la habilidad de manejar el balón con su pie y las demás partes de su cuerpo, como el pecho y la cabeza. Por lo general estas personas son los profesores y profesoras de escuela que vienen a los asentamientos por trabajo.

En dos asentamientos matsigenka me tocó jugar con un equipo contrario integrado mayormente por mujeres. El papá, la mamá y las hijas. El papá era un jugador promedio, casi principiante, mientras que la mamá y las hijas eran de temer por su fuerza, determinación y resistencia. La mamá constantemente enojaba a sus hijas si se equivocaban en el juego o si atisbaban un segundo de distracción. Un equipo fiero. Parecía una final. Cada una tenía un puesto fijo en la que era experta. Peleaban cada pelota de igual. Su marca era constante y determinada.

En el campo, no se distingue el juego de los varones y el de las mujeres. Juegan igual. Entran con la misma fuerza y determinación. Persiguen al oponente hasta el final. Ponen el cuerpo y cubren la pelota. En el argot futbolero decimos “entran sin miedo”. Su única desventaja será la falda, que les impide flexionar más las piernas. Las mujeres no sonríen ni hacen gestitos de debilidad o complacencia. Su expresión es sudorosa y estática antes, durante y después del partido, pierdan o ganen.

En los asentamientos yora-nahua, la estrategia del juego se parece mucho a la forma occidental. Debe ser porque están más interrelacionados con la modernidad que sus pares, los matsigenka.

Aquí los equipos se forman con gente que conoce su posición y juego. El fútbol no es estático, es decir, un delantero puede reforzar el medio campo o la defensa según las circunstancias, o el arquero puede salir jugando hasta el arco contrario, cosas que no sucederían en una cancha matsigenka.

Por otro lado, los jugadores juegan en equipo, es decir, realizan pases de un jugador a otro con mayor regularidad y con el objetivo concreto de llegar al gol. Así también, los jugadores tienen habilidades futbolísticas más parecidas a las de un jugador de la ciudad, es decir, usan varias partes de su cuerpo para controlar la pelota, como el pecho, la rodilla, la cabeza y los hombros. También usan varias partes del pie para darle distinta fuerza y efecto al balón. Unos tromes de barrio.

Desde luego, todas estas formas citadinas del fútbol vienen con sus agregados: las faltas intencionales, las faltas fingidas, los reclamos y gente enojada. A propósito, ante cualquier conato de bronca entre dos jugadores rivales, los yora-nahua que miran el partido lanzan un vocifero unísono y sostenido, dando a conocer el enfrentamiento e incentivándolo, pero es más bulla que otra cosa, porque la pelea nunca sucede y el vocifero termina rápidamente. El partido debe continuar antes que gane la noche.

8.    El número de jugadores

Aunque en la mayoría de los casos la contienda empieza con el mismo número de jugadores para cada equipo, según va tomando forma el resultado, uno de los equipos puede aumentar sus integrantes para reforzar. Así nos pasó en un asentamiento matsigenka. Éramos el equipo de visita y estábamos ganando el partido usando la estrategia del toque corto hasta llegar al arco contrario. Patear el balón desde lejos no funcionaba porque la arquera era estupenda. Fue así que ganábamos el partido de visita. Los locales llamaron a más gente, más niños y mujeres para que jueguen en su equipo, principalmente como defensas y arqueros. Llegaron a tener dos arqueras e innumerables pequeñitos y pequeñitas como defensas, situación que hacía imposible seguir con nuestra estrategia de pase corto. Ganamos a duras penas.

En otra ocasión y en otro asentamiento matsigenka, nuestro equipo perdía miserablemente ante la superioridad de los locales. Se compadecieron de nosotros en los últimos minutos y ordenaron a algunas mujeres y niños para que nos reforzaran en la defensa y en el arco. Desde luego que perdimos el partido, pero literalmente éramos un “gran equipo”, por el número digo.

En todos los asentamientos hay dos tiempos de juego con su respectivo cambio de cancha. También prevalece el saque del centro al iniciar el partido y luego de un gol.

Ya dije que las mujeres y los niños y las niñas juegan por igual en las canchas matsigenka. No hay distinción de género ni edad en la cancha. Sorprende incluso cuando las mujeres llevan la pelota, marcan con fuerza y soportan como nada los taponazos de los varones.

En los asentamientos yora-nahua, el número de jugadores felizmente es el mismo para cada equipo. Si alguien sale, es reemplazado por otro jugador. Es más, los equipos son estables, ya que tratan de mantener a sus mismos jugadores hasta el partido final.

Los yora-nahua juegan todas las tardes, sin falta. Solo la lluvia torrencial o la falta de una pelota puede impedir la realización de un juego. A diferencia de la mayoría de asentamientos matsigenka, en el asentamiento yora-nahua hay una población considerable de jóvenes, por ello en los campeonatos participan de tres a seis equipos.

9.                  Los penales

El tiempo es imperdonable. El juego acaba cuando indica el reloj, sin contemplaciones. Si los equipos han quedado empatados, se procede a los penales. En una ocasión, sin embargo, me tocó lo siguiente con los matsigenka: había ganado mi equipo como visitante, pero el jefe de la comunidad, que a la vez era árbitro y capitán del equipo local, determinó que el campeón se definiría por penales. Quería la victoria a toda costa. Hicimos los penales. Ganamos, pero en su contabilidad algo no cuadraba: no tenía la victoria. Así que dio su última orden, patear penales hasta que alguien pierda. Fue así que entramos a una segunda ronda de penales en donde él mismo falló su tiro. Todos nos partimos de risa y finalmente no le quedó otra que aceptar su derrota. Más que por mérito, ganamos por cansancio.

En otro asentamiento matsigenka nos tocó definir la contienda también por penales. El profesor de turno dijo que el equipo local patearía los cinco primeros penales de forma seguida, y el equipo visitante los otros cinco tiros después. No intercaló los tiros como suele hacerse, porque se complica la contabilización o se presta a confusiones. Claro, nadie lleva una pizarra para anotar los tiros intercalados. Cada equipo intenta llevar la cuenta, pero se olvidan en el calor del juego, así que mejor primero patea un equipo y luego el otro, ya después se contabilizan los goles y se define al ganador. Mucho más simple.

En un asentamiento yora-nahua me tocó algo extraño. Debíamos patear la ronda de penales los dos equipos finalistas, porque quedamos empatados. Empezó a patear el equipo local y luego nosotros de forma intercalada. Según nuestras cuentas ya habíamos ganado el partido, porque hasta la cuarta tanda ya teníamos cuatro goles y ellos solo tres, pero los locales llevaban otra cuenta, así que extendieron las tandas de penales hasta que nos empaten o nos ganen. Y así fue, pateamos tal cantidad de rondas que ellos terminaron ganando. La apuesta era un costalillo demasiado “gordo” como para dejarlo escapar en manos de las visitas.

10.                  La cancha

Por lo general la cancha de fútbol está cerca de la escuela o en sus alrededores. Incluso funciona como plaza o patio central de los asentamientos. Cada barrio del asentamiento, en caso exista, tiene su propia cancha de fútbol.

Los jugadores rápidamente desbrozan el bosque, arman los arcos de madera y cortan el pasto. Listo, ya hay una cancha. No prestan mucha atención a las dimensiones, simplemente tratan de que haya cierta cuadrangularidad. Tampoco se fijan en los desniveles propios del suelo. Basta que la cancha esté delineada y punto. Por ello hay mucho fango cuando llueve, pero eso no importa a los jugadores, todos disfrutan del barro durante la contienda.

La dimensión de los arcos depende de quien los construyó. Desde luego, ambos arcos tienen más o menos las mismas dimensiones. El material utilizado para su confección es la madera.

El césped de las canchas es un pasto verde y grueso. Crece rápidamente por la humedad. Si hay una cancha de fútbol cultivada -es decir con el pasto corto- créame que hay un asentamiento con vitalidad y sentido comunitario.

Si la cancha es grande y el pasto está crecido, se hace faena con machete o motoguadaña. Los insumos, como la gasolina y los aditivos, así como la mano de obra, corren a cuenta del asentamiento y de los jugadores. Todos cooperan. Nadie se queja, porque todos van a disfrutar de la cancha.

11.                  La indumentaria

Son los jóvenes y adultos varones quienes entran a la cancha de fútbol vistiendo como verdaderos profesionales: chuzos (zapatos con toperoles), medias hasta la rodilla, pantalones cortos, canilleras y polos deportivos. La mayoría lleva como indumentaria conjuntos de equipos como Brasil, Perú, Barcelona, Juventus, Real Madrid, etc. Así también, los asentamientos que tienen presupuesto mandan a confeccionar sus propios polos y conjuntos. Cada año o en cada ocasión los jugadores estrenan nuevos conjuntos deportivos, sea porque los compraron o porque pidieron auspicio. No escatiman esfuerzos para conseguir donaciones de este tipo. Envían oficios, cartas o notas a las personas o instituciones que pueden apoyarlos. A eso le llaman “hacer gestión”. Son los profesores de las escuelas y los jefes de los asentamientos quienes hacen estos trámites.

A veces pienso que los asentamientos de la gente del bosque y del río -y porqué no las comunidades nativas- podrían vivir tranquilamente con una dotación permanente de indumentaria deportiva y pelotas de fútbol. Creo que es el mejor regalo.

Una vez terminé en un asentamiento matsigenka que no tenía presupuesto para comprar una pelota. Me invitaron a comer gallina y un caldo de carachama. Comí delicioso. Sabía que la gallina había que pagarla, así que pregunté por el precio, pero no me dijeron nada. Mejor para mí, pensé. Luego el asentamiento, con una solemnidad inusual, me pidió que en mi próximo arribo les trajera una pelota de fútbol. Yo miré al traductor y le dije “bien ¿y la plata para comprar la pelota?”. Pregunta ingenua. El asentamiento me hizo recordar si me había gustado la gallina y la carachama.

En otras ocasiones los profesores me hacen llegar cartas para que done camisetas, pantalones cortos y pelotas para todos los niños y niñas de la escuela. Las misivas llegan semanas antes del aniversario de los asentamientos o de la clausura del año escolar.

La indumentaria de fútbol es algo serio realmente en esta parte del orbe. Con qué orgullo camina la gente del bosque y del río con su indumentaria futbolera, hasta parece su ropa cotidiana o incluso de gala, más aún cuando la camiseta lleva el número 10 y su nombre en la espalda.

Las mujeres pocas veces llevan la indumentaria oficial del fútbol. Solo algunas de ellas se ponen los pantalones cortos, las camisetas, los chuzos y las medias, especialmente las yora-nahua. Las mujeres matsigenka llevan puesta su falda del día. Ellas juegan descalzas al igual que algunos varones que no llevan los chuzos. A veces pienso que jugar descalzo es más efectivo o más potente que jugar con los chuzos.

Los pies de la gente del bosque y del río son anchos, con dedos gruesos, planta dura y empeine abultado. Los dedos funcionan como agarre en el barro y en el pasto. Los huesos de la canilla son duros y fuertes. He pisado a muchas mujeres durante la fricción del partido, pero nadie se ha quejado o al menos hizo un gesto de dolor. Yo me he sentido mal y trataba de disculparme parando el partido, pero ellas seguían jugando y se llevaban la pelota aprovechando la inacción. Desde entonces juego de igual ante mujer, niño o niña, esté con zapato o descalza.

Esto es bueno, porque nadie finge una falta o hace show ante cualquier “choquesito” de piernas. Aquí no hay show ni pantomimas. Incluso luego de que les cometes la falta siguen corriendo como nada. Son gente franca. Tiene que dolerles realmente para que dejen de jugar y apartarse para que se curen por sí mismos. Claro, el grado de dolor es distinto al de nosotros, que tenemos los pies blanditos y engreídos.

12.                  La premiación

Termina el partido. Los vencidos acongojados, cansados y molestos. Los vencedores disfrutan la victoria con una leve sonrisa o entusiasmo. Te miran derrotado, sonríen y punto.

Las mujeres y los niños matsigenka que jugaron se retiran como si el día continuara como cualquier otro. No hay más algarabía ni conflictividad. Los rencores en la cancha casi no existen, así que mucho menos los encontramos después.

Desde mi punto de vista, la premiación en los asentamientos matsigenka es un asunto serio e innecesariamente protocolar. El jefe del asentamiento se pone de pie y toma la palabra. Saluda a la visita y a los demás miembros del asentamiento. Su voz es suave y pausada. Imposta un tono serio. Todos a su alrededor escuchamos, somos como 10 a 15 personas. Invita a una persona que represente a una institución, al profesor de la escuela por ejemplo, y le pide que entregue el premio al primer lugar. Esta persona agradece el honor y con gran elocuencia y ritualidad entrega el primer premio, que consta de una gallina. Vuelve a tomar la palabra el jefe y anuncia al segundo lugar. Nuevamente invita a otra persona importante para que entregue el premio. Se entrega el balde de masato. Si hay tercer lugar, la ceremonia sigue el mismo protocolo.

En los asentamientos nahua-yora, en cambio, el protocolo no existe. Apenas termina el juego y se define al campeón, los demás equipos se retiran frustrados. El equipo ganador se avalancha al suculento costalillo y cada uno trata de adueñarse de lo que puede metiendo la mano, dando alaridos y empujándose. Todos ríen al mismo tiempo. Felizmente el premio no es una gallina, porque la destrozarían. Desde luego que en algunas ocasiones alguien de autoridad pone orden y reparte los bienes a cada uno de los jugadores de su equipo, tratando de ser equitativo, aunque luego se evidencia que sus allegados y familiares recibieron más, al igual que él.

13.                  Después del partido

Siempre he dicho que en el fútbol de los asentamientos matsigenka lo más importante no es el premio, porque éste al final se comparte con todos los jugadores. Cuando la gallina la ganan los locales, pues ésta regresa al corral de donde vino y se acabó el asunto. Cuando la ganan los visitantes, se manda preparar y se invita. Con el masato no hay negociación, es para todos, jugadores, árbitros, asistentes, veedores, niños, niñas, etc. Decía que lo más importante no es el premio, sino lo que éste simboliza.

Aquí está en juego el honor de la gente. No hay una conflictividad u oposición irreconciliable entre los participantes del partido, tampoco una rivalidad enconada. Eso no existe por estos lares. Un partido no define a un rival, sino a un compañero de juego, a un aliado, a un cercano, a un conocido, a uno por conocer, a uno que es parte de la comunidad, aunque esté de visita. Lo que está en juego en realidad es el honor de la gente.

Honor parece un concepto vago, difícil de determinar. Considero que el honor es la facultad de las personas de hacer las cosas correctas y consecuentes de acuerdo a sus valores, que en la selva son: jugar con entusiasmo, voluntad, franqueza, sobriedad y persistencia, todo con el objetivo de ganar. Es una competencia en donde solo tiene lugar la verdad, la sinceridad, la franqueza y el prestigio de uno. Para ilustrar mejor mi punto, haré una comparación con el juego profesional que vemos en la tele o el que practicamos en nuestro barrio. Allí las faltas se inventan, se faulea al oponente mientras el árbitro no ve, se cometen las faltas intencionalmente, se baja la moral de los jugadores con insultos o jugarretas, se lastima al oponente o se finge una falta, se insulta al compañero, se insulta o se pierde el control de la amistad, se fingen los penales y todos los árbitros son sospechosamente corruptos. El fútbol es tan malintencionado que necesitamos a las cámaras de video para determinar la veracidad de los acontecimientos.

En las canchas de la gente del bosque y del río la verdad está implícita. No se juega para engañar intencionalmente. De esta forma, la virtud del honor y del prestigio es lo que está en juego. Es un juego limpio. Desde luego que por momentos y según la fricción puedes perder el control de tu carácter y ofuscarte o gritar e insultar, pero nadie te da bola o te hace caso. El partido continúa contigo o sin ti. Al final nadie guarda el resentimiento.

En una ocasión, en una comunidad matsigenka en la que el árbitro era al mismo tiempo capitán del equipo contrario, las cosas se calentaron un poco. Claro, no podría ser de otra manera, ya que el árbitro-capitán cobraba todo a favor de su equipo. Las fricciones fueron decantando en la cancha con el juego fuerte y rudo, casi malintencionado. Ganó el equipo local. Se alzó con la victoria y el premio. El capitán del equipo perdedor tuvo que aceptar su injusta derrota, es decir, controlar su rabia y aceptar la desventaja, así que se acercó al Capitán-árbitro y pidió disculpas por las fricciones y el mal comportamiento. El mismo capitán-árbitro, al ver el gesto y consciente de la ventaja que había utilizado, anunció que el premio entregado a su equipo sería traspasado al equipo del segundo lugar, en honor a su segundo lugar. Fue así que la gallina flaca y asustada, que era el premio mayor, pasó a manos del equipo perdedor. El capitán que había perdido no se quedó atrás, hizo traer dos gallinas y se las dio al capitán del equipo ganador. Éste tampoco se quedó atrás, e hizo traer más gallinas para regalarlas al equipo perdedor. Fue un intercambio de virtudes, de bondades, una competencia de deferencias. Eso es el fútbol honorable. El asunto finalizó con una comilona comunal. Se mandaron a preparar como 10 gallinas (¡las únicas que había en el asentamiento!) y por la noche comimos todos y todas, luego a masatear.

En los asentamientos yora-nahua, en cambio, el premio sí es importante. Allí prevalece la capacidad de cada equipo para mantenerse a flote en cada partido hasta llegar a la final. Pero sí he notado que los equipos locales quieren demostrar superioridad frente a los visitantes, pero tampoco es un sentimiento que prevalezca, ya que este se disipa en cuanto llega el alboroto de la repartición del costalillo.

El otro premio estrella es el masato que, como ya dije, se ofrece con la mayor ceremonia en el caso de los asentamientos matsigenka. Cuando no hay premios de por medio o el masato ya se acabó, los equipos van a la casa de algún auspiciador o persona en donde ya saben que hay masato. Allí se reúnen todos y a compartir. Se habla muy poco de las incidencias del partido. La gente solo se dedica a tomar y a descansar del partido. La masateada puede estar acompañada de música. Esto se puede extender dos o tres días, dependiendo de la cantidad de masato que haya disponible.

El masato es tan consustancial al fútbol como a la gente del bosque y del río. En realidad, el masato es consustancial a toda actividad de la gente del bosque y del río. Me gustaría ilustrar esto con una anécdota: mientras un visitante paseaba por un asentamiento, preguntó extrañado si alguna vez se había llegado a evangelizar a esa gente, ya que no encontraba señales de cristianización en los alrededores. El profesor del asentamiento, con una frescura inusual, respondió que sí, que una vez vinieron pastores evangélicos y quisieron prohibir el masato por ser una bebida alcohólica, pero no pudieron. La gente prefirió el masato antes que las enseñanzas del pastor. Evangelización terminada.

14.                  Conclusiones

A veces pienso que en las comunidades nativas de la Amazonía peruana, en vez de llevarse a cabo un proceso de modernización o evangelización, se ha enquistado un serio proceso de futbolización. Talvez exagero, pero no debemos perder de vista la forma en que se desenvuelve este deporte entre la gente del bosque y del río.

Más importante aún, no se debe perder de vista la capacidad de la gente del bosque y del río de acomodar el fútbol a su manera. Esto demuestra que estamos frente a una cultura con personalidad, ya que puede recibir y aceptar influencias exteriores de todo tipo, pero las utilizará para manifestar su forma de pensar, sentir y actuar. Pero no lo hará de manera intransigente, rebelde o resentida, sino con una ductilidad y dinamismos que sorprenderían a cualquier antropólogo conservador. Justamente, esta ductilidad les permite no solo adaptarse a los embates de la modernidad, sino también proponer alternativas de cómo llevar la vida y, desde luego, de cómo podría ser el fútbol.

La incursión del fútbol en los asentamientos de la gente del bosque y del río tiene éxito porque es un deporte que sirve para el esparcimiento, pero sobre todo porque es un momento para compartir, es una excusa para el compartir. También porque es una forma de manifestar o recordar la honorabilidad.

El fútbol entre la gente del bosque y del río no es un problema de género. No existe la clásica división “fútbol, los varones” y “vóley, las mujeres”. El vóley no ha pegado. No sé porqué. El fútbol sí. Seguro empezó por iniciativa de los profesores de las escuelas que van a las comunidades alejadas y enseñan a sus estudiantes a jugar. Se prendió la mecha, todos y todas juegan al fútbol. ¿Alguna restricción por sexo? Ninguna. Juega quien puede y quiere.

En el fútbol de la gente del bosque y del río no está en juego el premio -excepto en los yora-nahua-. Lo que está en juego es el primer lugar, que es un título de superioridad, pero no de capacidades físicas ni estratégicas, sino de honor y veracidad. Esta se logra mediante la constancia, la fuerza y la determinación más que con la técnica.

En estos asentamientos el fútbol no es un juego que promueva la compaginación colectiva o el juego colaborativo. No hay juego de equipo en el sentido occidental. Lo que hay es un grupo de personas que de forma individual persiguen un objetivo colectivo. La voluntad, la capacidad y la personalidad de cada uno construyen el equipo y no tanto la capacidad de jugar a pasecitos con una estrategia definida. Aunque no es un juego colectivo, en el juego y fuera de este se cultiva y fortalece el comunitarismo y la solidaridad colectiva.

La organización de los “campeonatos relámpago” de la gente del bosque y del río rememora las antiguas reuniones interclánicas o interétnicas que se realizaban antaño, donde los distintos asentamientos o grupos se reunían para compartir, confraternizar o enfrentarse. A través del fútbol, las familias y los asentamientos interactúan entre sí, despojando toda idea de aislamiento y hostilidad. El hecho que vivan en las partes más altas de las cuencas y en grupos distantes unos de otros, no define una preferencia por el aislamiento y el rechazo al exterior. Todo lo contrario. El hecho de que vivan alejados y en grupos separados, si bien les da una sensación temporal de independencia, de particularidad y de convivencia autónoma, tarde o temprano saben que la idea de grupo, de colectividad, de afinidad étnica, de cercanía familiar y principalmente de subsistencia, solo puede ser posible a través de la interacción con grupos humanos afines o distintos.

Así pues, el fútbol, disfrazado de una competencia física y estratégica que define a un ganador, en realidad es un llamado a la interacción social, es una proposición de alianza, es una demostración de fraternidad y es un barómetro del honor.