Todas las culturas clasifican desde su centro. Algunas con mayor intensidad que otras. Planteo que en algunas prima un sentido humanista más que humanocentrista.

Un grupo de estudiantes del curso de teorías antropológicas expuso el libro de Mary Douglas, Estilos de pensar (1998). Douglas menciona que, siguiendo el principio de proximidad de Bulmer, las culturas realizan clasificaciones antropocéntricas de los animales. Por extensión, el ser humano clasifica todo cuanto alcanza su experiencia.

Mi curiosidad reside en saber si todas las culturas tienen el antropocentrismo como principio de ordenación del mundo. Nuestro profesor, el Dr. Washington Rozas, experto en agro-pastores altoandinos, nos dijo que todas las culturas son antropocéntricas, incluidos los agro-pastores, una cultura que basa su sistema de vida en la crianza de camélidos sudamericanos y en el cultivo de tubérculos.

Pero el profesor Rozas hizo una aclaración importante. Los agro-pastores, durante su ritual de propiciación, se refieren a sus animales como “hermanos”. El profesor Rozas aclaró que “el trato es de igual a igual”. Los animales del corral son “otros como el agro-pastor, son semejantes a él”.

Al parecer, la intención de los agro-pastores no es resaltar un parentesco de sangre, sino establecer un vínculo de hermandad espiritual. El ritual de propiciación sería el marco que permite este trato. De esta forma, se establece un diálogo basado en el principio de interdependencia. El “dueño” del corral requiere de las facultades reproductivas de su hermana allpaca, y ésta de los cuidados de su “dueño-hermano”.

Esto me hizo recordar a Philippe Descola (2004). Según él, las cosmologías indígenas de la Amazonía plantean que “las diferencias de los hombres, plantas y animales son de grado y no de naturaleza”. Quiere decir que, tanto plantas y animales son “gente”. Los seres de la naturaleza, al poseer un alma como los humanos, tienen conciencia, sentimientos e intenciones.

Fue Viveiros de Castro (2004) quien tomó esta idea para plantear la “teoría del perspectivismo amerindio”.  La idea central es que “los animales son gente, o se ven como personas”. Siendo así, los animales tienen un punto de vista sobre los humanos, con quienes interactúan de diferentes formas.

Me queda claro que el antropocentrismo de los agro-pastores es de grado, más no de naturaleza. Es decir, si bien su punto de vista se basa en su condición humana como centro, no dejan de considerar a otros seres como iguales, similares o semejantes. Esto pasa, especialmente, con aquellos seres con los que han establecido relaciones interdependientes.

Este enfoque, sin embargo, tiene sus límites. Está dirigido hacia los potenciales aliados, con quienes se desea generar un vínculo afectivo y de reciprocidad. Mientras esta intención esté ausente, todos los demás serán extraños o enemigos potenciales. Por ejemplo, una organización religiosa trata a todos como hermanos, no por el vínculo de sangre, sino porque todos se consideran hijos de Dios. Mientras haya este sentido de comunidad, la hermandad tiene sentido. Por tanto, toda persona externa a esta organización es simple y llanamente “harina de otro costal”.

Otra opción es llamarla humanismo, que “significa valorar al ser humano y la condición humana”. En este sentido, está relacionado con la generosidad, la compasión y la preocupación por la valoración de los atributos y las relaciones humanas. Esta definición la leí de Andrea Imaginario, en la página web significados.com.

Noto que, a parte de una relación basada en la reciprocidad, los agro-pastores y sus “hermanas” allpacas, configuran una relación humanista. Quiero decir que la generosidad, la compasión y la preocupación por el otro son parte de la relación. Ya me dirá el profesor Rozas si mi interpretación apunta en la dirección correcta.

Este humanismo, sin embargo, plantea algunas interrogantes de esta época. ¿Cómo entender al agro-pastor sacrificando a su hermana allpaca para alimentarse? ¿Qué lógica humanista sustentaría este sacrificio?

Aquí me quedo.

Foto: Grupo Voluntariado Civil – GVC (2016: 163)