Esas mujeres, sospecho, buscaban intimidad para asearse y disfrutar del agua fresca durante el caluroso día. Nosotros, al pasar con nuestra embarcación ruidosa, con ese desesperante motor de doble hélice, más nuestra insidiosa curiosidad, les negamos ese derecho, el de la intimidad.

Ya se ha dicho bastante sobre los impactos sociales, ambientales, económicos y culturales de la explotación del Gas de Camisea en el Bajo Urubamba (Cusco, Perú). No voy a repetir ni los estudios ni las opiniones. Mas quiero expresar un asunto olvidado, o talvez soslayado, es decir un aspecto que no ha logrado ingresar en las negociaciones entre el Consorcio Camisea y las Comunidades Nativas. Por ende, no ha sido objeto de compensación, aunque sus efectos son tan intensos y perdurables como los demás.

¿Qué puede ser? Para explicarlo me apoyaré en una experiencia. Pregunto ¿Alguien conoce el río Camisea durante su época de bajo caudal? Ese río es transparente, cálido, por tramos verdoso y azulado, rodeado de piedras musgosas y troncos atrevidos. Cerca flotan espumas blancas, sobre todo en los pozos y en los tramos lentos. Las playas combinan arena blanca y piedras brillantes. No bañarse allí bien podría considerarse un pecado. El asunto es que surcábamos en bote el Camisea, y en el camino, a eso del medio día, apreciamos muchos niños bañándose en las playas. Todos saltaban al agua dando chapuzones sonoros, retándonos con esa mezcla de destreza y alegría. Pero más arriba o más abajo de esas playas, cerca a los poblados, apreciábamos cada cierto tramo mujeres desnudas, bañándose o lavando la ropa. Al vernos se tapaban el cuerpo y prontamente se metían en el bosque, dejando lo que hacían. Desde luego, como buenos consumidores de “lo exótico”, queríamos tomar fotografías. Pero no lo hicimos. La situación no era para nada exótica, ni mucho menos “natural”.

La verdad, sin ser indígena, no resistiría la tentación de bañarme completamente desnudo en ese río, no por exhibicionismo, que sería superficial, sino para fijar la sensación de libertad, de contacto primigenio con el agua, de intimidad, de complicidad con el bosque y el entorno.

Esas mujeres, sospecho, buscaban intimidad para asearse y disfrutar del agua fresca durante el caluroso día. Nosotros, al pasar con nuestra embarcación ruidosa, con ese desesperante motor de doble hélice, más nuestra insidiosa curiosidad, les negamos ese derecho, el de la intimidad. Pero además el derecho al disfrute, a la contemplación, al pudor y, lo más importante, a la libertad. No éramos la única embarcación. Cada media hora por lo menos pasaba una diferente, de la Repsol, de Pluspetrol, de los pescadores, de los comuneros, de los comerciantes y de todos cuanto asunto tenían en el área. Todos con la misma bulla, la misma curiosidad.

Así pues, se acabó, se acabó la intimidad en el río, se acabó el disfrute pleno, se acabó la naturalidad, se acabó la contemplación. Con la explotación del gas de Camisea hay más embarcaciones, a toda hora, todas con un objetivo común, con un destino fijo, sin importarles la intimidad ajena. Es como si en nuestra propia casa tendríamos un cuarto de ducha transparente, y de cuando en cuando pasan el plomero, el jardinero, el servicio, el cartero y el vecino, tratando de tomar una foto para su Facebook.

Talvez sea el momento de hacer una lista larga y pormenorizada de los “otros efectos” de la explotación de recursos naturales en la Amazonía peruana, no para que entren en la lista de las compensaciones o de los planes de mitigación, sino para ver hasta dónde somos capaces de sacrificar la libertad ajena.