Nació acompañada de su llanto estrepitoso. Apenas salió del vientre tomó su primera bocanada de aire sin dudar. Vino sana, completa, robusta, perfecta, lista para el mundo. Desnuda como todas las anteriores a ella, solo le hacía falta el pecho de su madre, nada más.
Ahora crece bajo los preceptos de sus padres, es tierna como él y sustanciosa como ella; sabe saludar y decir “por favor”, podría vencerte con una sonrisa o doblegar tu enojo con un gesto, podrías darle todo sin que te lo pida. Es dócil, intrépida, valiente, dotada, fornida, incansable, irresistible.
Pero no va más allá. Vive en un nido hecho de metal y de laberintos sin salida. Le ponen límites disfrazados de consejos y le dan juguetes terrenales para que no intente volar. Vive en una jaula, volando a medias, fingiendo caídas en el colchoncito de seda, sin lastimarse. Sus padres le mantienen esa promesa que se prolonga hasta la “mayoría de edad”; está atada a las emociones de ellos. La unión familiar es sinónimo de apego. Ellos, con el amor que apretuja, que hunde, que amilana, que escarba en el miedo, le construyeron esa ilusión de metal que funge de hogar.
Mira el mundo desde su ventana, pero no llora. Aprecia el horizonte preguntándose si algún día podrá disfrutarlo. Ella misma, con su pequeña sabiduría, se da cuenta que está protegida por algo más inmenso y supremo que la voluntad de sus padres. El Universo nació con ella, es ella en realidad… solo necesitaba el pecho de su madre.