De una u otra manera imitamos o tratamos de imitar o seguir a cualquier tipo de realeza, aunque nuestro discurso sea orgullosamente proletario

Es evidente que en el Cusco no hay cisnes, así que de plano no encajamos en la fantasiosa ilusión europea de unas hermosas mujeres que danzan bajo el claro de la luna, pero con el insoportable embrujo de convertirse en cisnes al día siguiente. En los Andes tenemos lo nuestro, las huallatas, pequeñas aves de las cochas que deleitan al viento con su monosilábico canto y embisten con sus colores los ojos de los cerros. Talvez en algún tiempo fueron gente, como dicta la invariable tradición indígena, y talvez por eso bailamos huallatas en todas las festividades cusqueñas a modo de rememorar sus ejemplares hábitos. Así que la gente del mundo quechua también vive la ilusión de la naturaleza convertida en lección cotidiana. 

Así fue el estreno del Ballet de San Petersburgo, en el teatro Municipal del Cusco. Un cuento de amor convertido en perfección estética. Todo el ballet ofreció una danza potente. Como ignorante en el tema, nunca había imaginado de que el ballet requiere de un gran esfuerzo físico, perfección en las posturas y una emoción suprema para expresar el mensaje de manera que el baile parezca un asunto cotidiano. Tal cual las huallatas o los cisnes, que parecen tan naturales en su belleza, pero que a nuestros ojos son insólitos y espectaculares.

No quiero discutir el mensaje del cuento, es decir, el clásico príncipe majadero que busca casarse con el amor de su vida, esa pobre princesita guapa a quien salva de las garras de un malvado hechicero. Sé que las “antiprincesas”, esas mujeres aguerridas todo terreno que retan la misma continuidad de la palabra “género”, se encargarán de contrariar esta dilatada manía de hacer ver a las mujeres como princesitas indefensas. Al respecto, echemos un ojo otra vez a las huallatas:  ninguna huallatita hembra se deja engatusar con el primer macho presuntuoso, más al contrario lo reta, le da palo, y si pasa la prueba, entonces el muchacho puede servir de algo. Pero más allá de los ejemplos europeos y andinos, me parece que la lección primordial del cuento es que el amor une a los géneros, a los amantes, a los fértiles cuerpos destinados a la continuidad.

Quiero concentrarme en la estética del ballet, en esas posturas indescriptibles, en ese “pie puntillas” y saltos acrobáticos con final altivo y exquisito. ¿De dónde provienen? A los cusqueños nos agrada mucho asistir a los espectáculos que vienen desde Rusia. No es por el mundial de fútbol de donde proviene el encanto, no, es de mucho antes, cuando el Cusco era llamado “rojo” por su afinidad con las corrientes comunistas de los años setenta del siglo pasado. Rusia y Cuba siempre fueron países itinerantes en nuestro imaginario socialista, así que siempre consumimos lo que traen. Pero lo más curioso es que “el Lago de los Cisnes”, escrita por Ilyich Tchaikovsky, es una obra ambientada en la Rusia Imperial. Así que de Rusia con amor viene esta obra que refleja los modos y la magia de la vida real, de los reyes y reinas, de los príncipes y las princesas, de los castillos y los carruajes, de los bailes lujosos y los trajes de ensueño, de la delicadeza y las posturas nobles.

Queramos o no, al vulgo nos gusta imitar las maneras de la realeza, aunque de plano la desafiemos en nuestro discurso. Pero a ver, analicemos nuestras reglas de urbanidad, nuestras maneras de mesa, el uso de las palabras cuando saludamos o nos despedimos, nuestra ropa elegante, el “Danubio Azul” en los matrimonios, la cola de la novia, la fastuosidad de los cumpleaños, los autos grandes y cómodos, el uso de la vajilla fina y las copas para el vino, una casa con habitaciones individuales, un cuarto de baño dentro de la casa o incluso una taza de baño que simula la forma de un trono reluciente, etc. De una u otra manera imitamos o tratamos de imitar o seguir a cualquier tipo de realeza, aunque nuestro discurso sea orgullosamente proletario. 

Es así que el ballet muestra de manera precisa y aduladora esos gestos, esas maneras reales, esa nobleza que deja perplejo al vulgo. Pero aunque nos guste imitar a la nobleza, al público cusqueño todavía le queda mucho de vulgo. Quiero decir que debemos perfeccionar nuestra consideración a los adultos mayores y a los niños y niñas cuando asistimos a este y a otro tipo de eventos. Al público cusqueño le falta saber comportarse y saber respetar los ambientes clásicos y patrimoniales. En verdad, más que imitar a la nobleza y su lujos, nos hace falta imitar una actitud noble.