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Algo extraordinario ocurre mientras doy un paseo por la calle principal de la comunidad nativa de Nueva Luz: al tiempo que cosechan camote, un grupo de señoras me señala con sus miradas y murmullos. Me acerco con cautela y finjo desinterés. (Nadie en su sano juicio reta a un grupo de mujeres matsigenka, ya que puede salir desplumado). Una de ellas toma la palabra y me lanza una pregunta retadora: “¿Tú, me reconoces o no?”. Las demás la secundan con la mirada sin perder el ritmo de la cosecha y el murmullo. Trastabillo, dudo, me agarran frío. Guardo silencio mientras recupero la compostura y respondo con la misma velocidad con la que fui interpelado: “Claro que me acuerdo de ti, la otra vez me invitaste masato en tu casa”. 

Gracias a Dios mi memoria recordó un evento que sucedió hace seis meses. La señora sonríe con mi respuesta y las demás también. El murmullo cambia de tono y se torna amigable. He pasado la prueba. Mientras se alejan con su camote, la mujer me lanza otro reto: “Voy a preparar masato con este camote, vienes a mi casa más tarde para invitarte si quieres”. Se alejan con más murmullos, risas y empujones.  

He mordido el anzuelo. Ya no puedo soltarme de tan amable cortesía. Estas personas a penas y me conocen. La hospitalidad matsigenka es indiscutible. 

Las señoras ríen conmigo haciéndome mil preguntas y exprimen todo mi pensamiento con una sutileza que el buen masato apaña.

Con mucho qué perder, deliberadamente me acerco al lugar del masato calculando la hora del almuerzo. El grupo me llama con sus manos extendidas: “hermano, ven, ven, siéntate”. Sacan la jarra de masato y convidan la merienda. Las señoras ríen conmigo haciéndome mil preguntas y exprimen todo mi pensamiento con una sutileza que el buen masato apaña.

Pasa un buen rato de conversación y llegan más visitas. Son familiares que a media tarde salen a pasear. Hablan en matsigenka sobre mi presencia. Una de las mujeres me presenta como “el hermano lingüista”. 

Desde luego que no soy lingüista. Aquí en Nueva Luz, donde nació “El Hablador” de Vargas Llosa, la gente del Instituto Lingüístico de Verano (ILV) tuvo una gran influencia en la formación de profesores bilingües, en la instalación de postas médicas y en otras labores de apoyo que fue ejerciendo junto a su labor evangelizadora. Así que por estos lares, todo extraño que brinda algún tipo de apoyo o solidaridad es catalogado como “un hermano lingüista”. No hay distinción. 

Dadas las circunstancias tuve que aclarar que no soy pastor evangélico, ni lingüista, ni soy del ILV. Les digo que trabajo para los Padres Dominicos, para la “competencia”, por así decirlo. Rápidamente sentencian: “entonces eres Padre”. Pues no -les digo- tampoco soy Padre, pero trabajo para ellos, aunque sí soy padre de familia. Se ríen, aunque sus caras parecen decir: “No eres lingüista, no eres Padre, entonces qué haces aquí ayudando a la gente”. Llegan más visitas y mis anfitriones me siguen presentando como “el hermano lingüista”. Todos conformes, nadie hace más preguntas. 

Me pasa igual en otras comunidades por donde tienen gran influencia los Padres de la misión de Timpía, Kirigueti y Sepahua. Siempre me presento con mi nombre y les digo que trabajo para el Centro Cultural José Pío Aza, de los Misioneros Dominicos. No importa cuantas veces repita esta frase, porque al rato y en adelante simplemente me dicen “Pioasa”. Otros me llaman “hermano”. Así que al final la gente de por aquí me llama como quiere, o mejor dicho me llama según la tarea que represento. “Padre” o “lingüista”, “Pastor” o “hermano”, “católico” o “evangélico”, la verdad es que para los matsigenka el rótulo no importa si por estos lares vienes a cooperar. Amén.

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