La selva siempre ha sido un territorio en disputa. Desde el bichito ultra cuántico hasta el animal más corpulento, todos los seres en pugna siempre manifestaron una forma de poder, sea de dominación, adaptación, mimetismo, cooperación o sacrificio. Sin embargo, a pesar de tanta fricción, siempre hubo un acuerdo implícito entre las partes: que el sistema debía prevalecer por sobre la especie. O sea que sin importar la implicancia de ese poder, todo declinaba en la supremacía y la continuidad de la Naturaleza, quiero decir del Orbe. Es así que la selva debía seguir reproduciéndose, reconfigurándose, revelándose en forma abundante, extensa e intemporal. 

Sin embargo, para que este acuerdo funcione, en las profundidades del origen se cinceló un requisito: vivir con lo imprescindible y compartir con abundancia, eso que hoy llamamos equilibrio. 

El gran aporte del hombre moderno ha sido romper ese acuerdo y tergiversar el requisito, poniendo la elegante excusa del bienestar y el desarrollo. Esta humanidad toma más de lo que debe y reparte sin mesura lo que no le pertenece.